domingo, 18 de noviembre de 2012

LA SONRISA AJENA


Sonó la campana de la iglesia y se apresuró a enterrar el paquete. No había nadie por los alrededores. Caía una fina lluvia de otoño que dificultaba la tarea. Las gotas corrían por su cara y empañaban sus ojos. Las manos ateridas por el frío se hacían lentas. Los dedos, antaño gráciles, estaban rígidos y cubiertos de barro. Levantó la cara, oteó el horizonte para comprobar su soledad y terminó de enterrar su secreto.
Su destino estaba sellado, ya no había marcha atrás. Mientras caminaba por el sendero rumbo a casa, rompió a llorar.
No tenía 20 años y pese a que sus 51 pasaban inadvertidos, Rafaela se había dedicado a vivir intensamente. Ahora, ahogada en su retraimiento, necesitaba dejar atrás el dolor. Era geóloga y los viajes habían sido la tónica de su existencia. Aún recordaba Roma. Allí conoció a Alonso, obstinado y soñador, cuyos ideales de hacer el bien lo asemejaban a un caballero andante.
Los últimos rayos de sol se ocultaban detrás del Coliseo. Se le hacía tarde para su cita de las siete y caminaba atropelladamente. También llovía aquel día y el paraguas se le había quedado atascado. Cuando se disponía a lanzarlo entre grititos sofocados y aparatosos aspavientos, apareció él. Impecable y  elegante, con aquella sonrisa burlona que había dejado tatuada en su mirada. Le retiró el paraguas, no sin antes rozar levemente su mano y sentir como un escalofrío le recorría la médula.
 Con total abandono observaba sus movimientos, sus buenos modales, su cháchara sin sentido. Estaba completamente aturdida, invadida por la sinrazón. Sin saber cómo, se encontró en una cafetería cercana a la Fontana Di Trevi contándole su vida. Aquella tarde su prisa desapareció. Cenaron juntos y compartieron copas en Campo de Fiori.
Cuando despertó a la mañana siguiente una mano rodeaba su cintura. Lo miró y fue tanta la ternura que le transmitió que esta vez no salió huyendo. Se acercó hasta su cara y lentamente fue besando cada uno de los rincones de su rostro. Cuando Alonso abrió sus somnolientos ojos, supo que ya había sido atrapada.
Pasaron las semanas, los meses e incluso algunos años. Todo era felicidad y decidieron dar el paso. Iban a casarse pero acordaron no decírselo a nadie. Alonso creía que traía mala suerte. A Rafaela no le importó. Su familia vivía en Barcelona y su madre solo le preguntaba por el trabajo.
Y llegó el gran día. Habían ido la tarde anterior a una joyería a comprarse las sortijas. Se habían arreglado solo un poco más de lo normal, pues los iba a casar un párroco amigo en una pequeña ermita al noreste de Roma. Algo sencillo. Llevaron dos testigos, ambos compañeros de trabajo de Rafaela. Se dieron el sí quiero y partieron de fin de semana a Venecia. "Indescriptible" comentó ella a una amiga cuando regresaron del viaje.
Y  siguieron pasando los meses. Alonso parecía ensimismado y algo preocupado. "Es el trabajo", comentaba una y otra vez, pero una noche sonó el teléfono y lo cogió Rafaela. Alonso la miraba y percibió la tensión de sus músculos, el cambio de color de su cara y aquel rictus de amargura que no presagiaba nada bueno.
Cuando colgó el auricular, se dirigió a su habitación y sin mediar palabras se vistió, cogió algunas pertenencias, metió su alianza en una pequeña caja y salió para nunca regresar. Alonso intentó saber qué ocurría pero el hermetismo era infranqueable.
Rafaela regresó a casa de sus padres y nunca contó a nadie que había estado casada. Pasaron los años y su carácter se agrió. Siempre andaba sola y en el pueblo incluso creían que estaba loca.
Pero aquella lluviosa mañana se había despertado de su letargo, dispuesta a olvidar y a enterrar definitivamente el pasado.
Buscó la pequeña caja con la alianza e introdujo una vieja y amarillenta carta doblada en varios trozos. El ella, aquella mujer que la había llamado aquella noche, le comentaba que su marido, Adolfo, se había suicidado al mes de su marcha y añadía que sentía haberle mentido, que ya estaban separados cuando Rafaela lo había conocido, pero que lo seguía queriendo y sintiéndolo como si fuese su marido, pese a su divorcio. Comentaba que sentía haberla engañado.
Se dirigió al bosque y enterró para siempre el dolor. Luego, ya en el lago, se despojó de sus ropas y se introdujo en las frías aguas, dejándose llevar hasta que sus ojos se cerraron y encontró la paz.

HOY, COMO CADA,  DÍA LUCE EL SOL EN MI INTERIOR Y UNA SONRISA EN MI CARA






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