Sonó la
campana de la iglesia y se apresuró a enterrar el paquete. No había nadie por
los alrededores. Caía una fina lluvia de otoño que dificultaba la tarea. Las
gotas corrían por su cara y empañaban sus ojos. Las manos ateridas por el frío
se hacían lentas. Los dedos, antaño gráciles, estaban rígidos y cubiertos de
barro. Levantó la cara, oteó el horizonte para comprobar su soledad y terminó
de enterrar su secreto.
Su destino
estaba sellado, ya no había marcha atrás. Mientras caminaba por el sendero rumbo
a casa, rompió a llorar.
No tenía 20
años y pese a que sus 51 pasaban inadvertidos, Rafaela se había dedicado a
vivir intensamente. Ahora, ahogada en su retraimiento, necesitaba dejar atrás
el dolor. Era geóloga y los viajes habían sido la tónica de su existencia. Aún
recordaba Roma. Allí conoció a Alonso, obstinado y soñador, cuyos ideales de
hacer el bien lo asemejaban a un caballero andante.
Los últimos rayos de sol se ocultaban
detrás del Coliseo. Se le hacía tarde para su cita de las siete y caminaba
atropelladamente. También llovía aquel día y el paraguas se le había quedado
atascado. Cuando se disponía a lanzarlo entre grititos sofocados y aparatosos
aspavientos, apareció él. Impecable y
elegante, con aquella sonrisa burlona que había dejado tatuada en su
mirada. Le retiró el paraguas, no sin antes rozar levemente su mano y sentir
como un escalofrío le recorría la médula.
Con total abandono observaba sus movimientos,
sus buenos modales, su cháchara sin sentido. Estaba completamente aturdida,
invadida por la sinrazón. Sin saber cómo, se encontró en una cafetería cercana
a la Fontana Di Trevi contándole su vida. Aquella tarde su prisa desapareció.
Cenaron juntos y compartieron copas en Campo de Fiori.
Cuando despertó a la mañana siguiente una
mano rodeaba su cintura. Lo miró y fue tanta la ternura que le transmitió que
esta vez no salió huyendo. Se acercó hasta su cara y lentamente fue besando
cada uno de los rincones de su rostro. Cuando Alonso abrió sus somnolientos
ojos, supo que ya había sido atrapada.
Pasaron las semanas, los meses e incluso
algunos años. Todo era felicidad y decidieron dar el paso. Iban a casarse pero
acordaron no decírselo a nadie. Alonso creía que traía mala suerte. A Rafaela
no le importó. Su familia vivía en Barcelona y su madre solo le preguntaba por
el trabajo.
Y llegó el gran día. Habían ido la tarde
anterior a una joyería a comprarse las sortijas. Se habían arreglado solo un
poco más de lo normal, pues los iba a casar un párroco amigo en una pequeña
ermita al noreste de Roma. Algo sencillo. Llevaron dos testigos, ambos
compañeros de trabajo de Rafaela. Se dieron el sí quiero y partieron de fin de semana
a Venecia. "Indescriptible" comentó
ella a una amiga cuando regresaron del viaje.
Y
siguieron pasando los meses. Alonso parecía ensimismado y algo
preocupado. "Es el trabajo", comentaba
una y otra vez, pero una noche sonó el teléfono y lo cogió Rafaela. Alonso la
miraba y percibió la tensión de sus músculos, el cambio de color de su cara y
aquel rictus de amargura que no presagiaba nada bueno.
Cuando colgó el auricular, se dirigió a
su habitación y sin mediar palabras se vistió, cogió algunas pertenencias,
metió su alianza en una pequeña caja y salió para nunca regresar. Alonso
intentó saber qué ocurría pero el hermetismo era infranqueable.
Rafaela regresó a casa de sus padres y
nunca contó a nadie que había estado casada. Pasaron los años y su carácter se
agrió. Siempre andaba sola y en el pueblo incluso creían que estaba loca.
Pero aquella lluviosa mañana se había
despertado de su letargo, dispuesta a olvidar y a enterrar definitivamente el
pasado.
Buscó la pequeña caja con la alianza e
introdujo una vieja y amarillenta carta doblada en varios trozos. El ella,
aquella mujer que la había llamado aquella noche, le comentaba que su marido,
Adolfo, se había suicidado al mes de su marcha y añadía que sentía haberle
mentido, que ya estaban separados cuando Rafaela lo había conocido, pero que lo
seguía queriendo y sintiéndolo como si fuese su marido, pese a su divorcio. Comentaba
que sentía haberla engañado.
Se dirigió al bosque y enterró para
siempre el dolor. Luego, ya en el lago, se despojó de sus ropas y se introdujo
en las frías aguas, dejándose llevar hasta que sus ojos se cerraron y encontró
la paz.
HOY, COMO CADA, DÍA LUCE EL SOL EN MI INTERIOR Y UNA SONRISA EN MI CARA


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