Segura de que todo iba a salir bien, se
despertó a las siete en punto. En esta ocasión, no necesitó que su madre la
zarandeara. Había llegado el día . Unas horas más y probablemente sería elegida
como la mejor de la pasarela.
Sus amigas la habían acompañado la semana
anterior a comprarse el vestido para el coctel que se celebraría una vez
terminado el desfile, pero ella, sin que lo supieran, lo había devuelto y había
optado por un traje inspirado en los años cincuenta: talle ajustado, que
afinaba su silueta y falda amplia de vuelo que enmarcaba el movimiento de sus
caderas. Quería estar sorprendente.
Se sabía guapa, incluso sexy pero eso no
evitaba que hubiese instantes en los que cambiaría muchísimas cosas de su
aspecto. Le preocupaba su pecho, bastante más grande de lo que a ella le hubiese
gustado y sin embargo, perfecto para su novio.
Su novio… cada vez que lo recordaba le
entraba un cosquilleo que le recorría la espalda. Sabía cómo y dónde tocarla.
Solo tenía un defecto. Nunca estaba cuando lo necesitaba.
Le había comentado que hoy era su gran
día y él, como siempre, se había despistado. Tenía que salir para Nueva York
esa misma tarde. Era reportero de una revista fotográfica. Así era como se
habían conocido. Ella posaba en ropa interior para una prestigiosa firma
femenina y él era el técnico de iluminación de una conocida empresa de
fotografía.
Después de desayunar abundantemente,
siempre le entraba apetito cuando estaba nerviosa, se arregló y se dirigió al
salón de belleza. Allí la esperaba Norma. Ya habían concretado el maquillaje y
el peinado. Esta vez optaría por la melena suelta y con ondas bien marcadas.
Según entró en su coche, un cosquilleo le
atravesó la espina dorsal. Fue algo leve, que le hizo girar la cabeza. Un
hombre apoyado en la esquina la desnudaba con la mirada. Continuó sin prestarle
más atención pero con una rara sensación.
Cuando salió de la peluquería se lo
volvió a encontrar. Ahora, apoyado sobre el capó del coche que se encontraba
justo al lado del suyo. Intercambiaron fugaces miradas y le pareció ver una
sonrisa en sus labios. Debía estar alucinando con tanta película que veía. Su
novio era un cinéfilo empedernido y ella, que tampoco se quedaba atrás, lo
acompañaba a todas las películas de estreno.
Continuó su camino y se dirigió a un
restaurante de comida rápida que se encontraba en la carretera de vuelta a su
casa, en el que solía almorzar casi a diario. Esta vez si se asustó, justo
sentado en la mesa que ella solía ocupar, se encontraba el hombre que la había
perseguido durante todo el día. No pudo evitar que un leve grito escapara de su
garganta. Él levantó la cabeza y le indicó que se sentara a su lado.
Asustada intentó girar sobre sus talones,
tropezando con el camarero que traía dos cafés a la mesa del desconocido. De
pronto, se dio cuenta de que estaba atrapada entre los dos hombres. El camarero
la iba empujando hacia la mesa cortándole la salida. Se sentó en frente del individuo. Aún no le había visto bien el rostro. Lo llevaba tapado por el ala de
su sombrero. Se podía percibir la respiración agitada de ambos. Un silencio
perturbador se hizo en el local. De repente se apagaron las luces y una mano le
sujetó la muñeca. Un grito desgarrador salió de su garganta y entonces fue
cuando empezó a escuchar su melodía: “Somethin’ stupid” de Robbie Williams y se
hizo de nuevo la luz. Allí estaban sus amigas, su familia, sus compañeros de
trabajo y su novio sentado en frente y ahora sin sombrero. Era él, el hombre
que la había perseguido y tenía en sus manos una cajita
– ¿Quieres casarte conmigo? – dijo entregándole una sortija.
En ese mismo instante supo que él era su destino.
HOY, COMO CADA DÍA, LUCE EL SOL EN MI INTERIOR Y UNA SONRISA EN MI CARA


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