De pequeña quería ser una princesa ( imagino que como todas
las niñas de mi época) y veía una y otra vez Sissi Emperatriz, leía Mujercitas
y jugaba a ser mamá.
Ya adolescente seguía soñando con el príncipe azul y el
amor eterno. Aparecería en cualquier momento y solo tendría ojos para mi. ¡Y
que ojazos madre mía, aún los recuerdo y me sube un escalofrío! Nos casaríamos
y seríamos siempre felices. Ni os quepa la menor duda: seguía viendo comedias
románticas y leía novela rosa, todo aderezado con blues y mucha lágrima.
Por aquel entonces, a nadie se le ocurrió la brillante
idea de hacerme bajar de las nubes. Nadie me dijo que la vida no era sencilla.
Nadie me enseñó a diferenciar mis sueños. Nadie nunca me indicó que podía estar
equivocada… y me aferré a mis ilusiones y luché por ellas.
¡Iba a por todas! Intenté ser una supernena: buena hija,
esposa , madre y amiga… pero dejé de ser yo… y esa mezcla de sensaciones
agridulces hizo que enterrara aún mas la realidad y me aferrara solo a los
sueños, así que seguí alimentándolos y cerrando los ojos.
Fracasé en algunos aspectos pero gané en otros. Ahora con
un pie en la tierra, me he convertido en una mujer adulta que ha sido capaz de
vencer la adversidad cuando ha tocado a su puerta, que sabe lo que quiere y lo
que tiene, que valora lo que ha perdido y lo que queda por llegar, pero que se
sigue sintiendo una niña perdida.
¿Qué dónde sigue el otro pie? Sencillo: sigue en las
alturas. Y ahí continuará… porque aún sigo viendo películas románticas, leyendo
novela rosa y viviendo una bonita historia de amor con el Duque de mi corazón.
¡Ah! Se me olvidó contarles que lo encontré y ahora comemos perdices y vivimos felices en el fondo de nuestro particular mar.


No hay comentarios:
Publicar un comentario