Era
sencillo, solo había que encender el ordenador y acceder al Word. Página en
blanco y la inspiración debía llegar de un momento a otro. Entonces ¿por qué no
ocurre nada? Se remueve en su silla giratoria de un lado al otro, balancea su
minúsculo cuerpo mientras lee la convocatoria: II Premio de Relatos Cátedra
Carmen Posadas “El folio en blanco”. Se agita, y una vez más, tal y como
ocurría cuando era una adolescente soñadora, mira fijamente la hoja que tiene
delante entre oleadas de nostalgia. “Sí, está en blanco, tranquila, pronto
volverás a ser tú, confía, relájate, respira profundo”.
Suena
el teléfono y la saca de su ensimismamiento. Se levanta, como si de un títere
se tratase y estuviese dirigida por unos lazos invisibles, y se dirige a su
habitación. “Me encantaría poder renovarla”, piensa mientras descuelga el
auricular. “Quizás con tonos blancos y azules, muy mediterráneo, algo que me
haga olvidar quien la ocupó, que lo destierre para siempre. Necesito que vuelva
a salir el sol.”
–Sí
mamá, lo sé, quizás mañana –contesta Marta. –No, no, no tengo prisa puedes
continuar. –Y sigue escuchando un incesante “bla bla bla” que no tiene ni pies
ni cabeza.
–Sé
breve– susurra pensando no ser oída. –No obtiene respuesta y solo escucha el
chasquido al otro lado mientras se le acelera el corazón.
¿Qué
le ocurre? Es una mujer de casi cincuenta años. Su único objetivo en la vida ha
sido siempre ser feliz y ahora por primera vez ,después de cinco duros años, lo
es. Está enamorada de nuevo. Se dirige a la cocina y decide preparar la
cafetera. La cafeína la reanimará y despejará sus ideas. Vuelve a su habitación y marca el número de
su madre pero nadie contesta al otro lado.
–Por
favor, cógelo. No me hagas esto–grita mientras le da a la tecla de remarcación.
Y de repente lo descuelgan.
–No
quiero ser una carga hija. Haz lo que tengas que hacer y ya hablaremos más
tarde– dice su madre entre sollozos.
–Perdona
mamá, estaba liada. Lamento haberte ofendido. Hace tiempo que no comemos
juntas. ¿Te parece bien que mañana me acerque a tu casa y me invitas? – pregunta
con voz recelosa.
–Sé
que no te gusta que te pregunte por tu vida cielo, pero necesito saber si estás
bien, antes me dio la impresión de que estabas a miles de kilómetros de
distancia. ¿Le ha ocurrido algo a la niña? ¿Te has enfadado con tu novio? –Las
preguntas se sucedían una tras otra.
–Quiero
verte, eso es todo. Mi vida está en orden, me las apaño bien sola.
–Solo
quiero que seas feliz con la persona adecuada– interrumpe su madre.
–Lo
soy mamá, hasta mañana. –Y cuelga el teléfono con una extraña emoción en sus
ojos.
Permaneció
temblando unos minutos con la mirada extraviada sin saber si dirigirse de nuevo
al ordenador. Era duro volverse a enfrentar con lo que pudo haber sido y nunca
fue: una escritora.
Fue
decisión propia abandonarlo todo por su familia. Un marido y una niña que la
necesitaban constantemente. Ahora, separada y con su hija mayor y casi
independiente, tenía una nueva vida por delante. Había conocido al hombre
perfecto, cariñoso, culto, leal y especialmente guapo. ¡Vaya que si era guapo!
Las jovencitas le enviaban miradas furtivas de insana envidia femenina, pero se
querían y eso nadie iba a arrebatárselo de nuevo.
Tenía
esa segunda oportunidad que ofrece a veces la vida. Ahora solo quedaba
reconstruirse, ser lo que siempre había soñado. Al que no juega no le puede
tocar y ella iba a ganarle todas las partidas al destino. De pronto todo giró a
su alrededor, y oyó un ruido fuerte antes de que se apagara la luz.
–Pobre mujer, lleva así
dos largos años– dijo el enfermero a la nueva internista.
–¿Qué le ocurrió? Sus
heridas han sanado pero parece perdida, no responde a ningún estímulo, salvo
ayer cuando entré con el portátil en la habitación. Se puso tan nerviosa que
hubo que atarla y darle un tranquilizante. –Confesó la joven rubia que solo
llevaba veinticuatro horas en el hospital psiquiátrico.
–¿No te lo han contado?
Según la reconstrucción de los hechos de la policía y los restos de su disco
duro, parece ser que era escritora y se encontraba preparando un relato para un
concurso. Se puso a hablar por el teléfono con una cafetera al fuego. Se olvidó
de apagarla y hubo una explosión de gas. Su pareja y su hija entraban justo en ese
instante por la puerta trasera que llevaba al office, justo al lado de la
cocina. Murieron al instante. No se pudo hacer nada por ellos. A ella la
encontraron en la planta alta, en un pequeño despacho. Pensaron que estaba
muerta pero ya ves tú, la vida le dio una segunda oportunidad.
HOY, COMO CADA DÍA, LUCE EL SOL EN MI INTERIOR Y UNA SONRISA EN MI CARA


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