Ausente…
mirada extraviada, vacía, hueca. Así se sentía y a pesar del dolor de huesos,
la embargaba una dulce sensación.
La tierra
húmeda le recordaba una feliz infancia junto a sus hermanos, un padre que
andaba poco por casa y una madre protectora. Cerraba los ojos y el ulular del viento
acompañaba las risas infantiles.
"¿Estoy soñando?" Los recuerdos se sucedían diáfanos,
vívidos y cercanos. El entumecimiento le recorría el cuerpo, la humedad calaba
su ropa y aquel aroma llenaba su pituitaria de añoranza.
Él, el hombre
de su vida, olía así: fresco, con un toque de polvos talco, limpio, mezcla de
vida, de alegría, de superación, de amor. Cuánto se habían querido. "¿Por qué no estamos juntos?" No le venía
a la memoria.
Se sintió
presa del pánico, quiso gritar y no salieron sus palabras, quiso moverse y su
cuerpo no respondía, solo una lágrima resbalaba por su mejilla sin que pudiera
detenerla.
"¡Cuánto te necesito! Búscame. Llévame contigo".
Precisaba que la vida le concediese lo que se merecía. Y la vida le contestó.
–¿Eres tú? ¿Estás ahí? – Oyó
una voz en la lejanía, tierna, reconocible pese a todo.
–¿Quién eres? –Se atrevió a
preguntar, aún conociendo la respuesta.
–Soy yo, cariño. Te esperaba.
–¿Me esperabas? –contestó
sorprendida.
–No podía irme sin ti.
¿Recuerdas? ”Siempre juntos” Me decías.
–Pero… ¿Dónde estás? ¿Dónde
estoy? –Replicó con urgencia.
–A mi lado, cielo. No te
preocupes. Solo tienes que abandonarte –Añadió cariñosamente.
–¿Cómo? No entiendo lo que
ocurre.
–Llevo dos años aquí, sin
moverme, ansiando el momento de tu llegada y el instante en el que partiremos
juntos. Estás a mi lado en el cementerio porque así lo quisimos y llegó la
hora–dijo casi en un susurro.
–¿Quieres decir que estoy
muerta? ¿Enterrada? No es posible. No te creo. ¡Estoy viva! – E intentó moverse
sin conseguirlo– ¡Ábreme, por favor!
–¡Siénteme! –Y un calor
recorrió los dos cuerpos inertes.
–¡Oh, no puede ser! –Gemía
desconsoladamente.
De repente, sintió que tiraban
por ella con apremio. En un primer momento se resistió, pero luego una fuerza
imperiosa la hacía sentirse como si
tuviese alas. Salió de la oscuridad y se encontró entre sus brazos.
No había nada que decirse. El
amor los envolvió. Cogidos de la mano se pusieron en camino, no sin antes leer el
epitafio de sus lápidas: “Aquí reposan
un hombre y una mujer que pasaron por la vida iluminándola de pasión, de poesía
y de amor...".
HOY, COMO CADA DÍA, LUCE EL SOL EN MI INTERIOR Y UNA SONRISA EN MI CARA
HOY, COMO CADA DÍA, LUCE EL SOL EN MI INTERIOR Y UNA SONRISA EN MI CARA


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