sábado, 29 de septiembre de 2012

AUSENTE


Ausente… mirada extraviada, vacía, hueca. Así se sentía y a pesar del dolor de huesos, la embargaba una dulce sensación.
La tierra húmeda le recordaba una feliz infancia junto a sus hermanos, un padre que andaba poco por casa y una madre protectora. Cerraba los ojos y el ulular del viento acompañaba las risas infantiles.
"¿Estoy soñando?" Los recuerdos se sucedían diáfanos, vívidos y cercanos. El entumecimiento le recorría el cuerpo, la humedad calaba su ropa y aquel aroma llenaba su pituitaria de añoranza.
Él, el hombre de su vida, olía así: fresco, con un toque de polvos talco, limpio, mezcla de vida, de alegría, de superación, de amor. Cuánto se habían querido. "¿Por qué no estamos juntos?" No le venía a la memoria.
Se sintió presa del pánico, quiso gritar y no salieron sus palabras, quiso moverse y su cuerpo no respondía, solo una lágrima resbalaba por su mejilla sin que pudiera detenerla.
"¡Cuánto te necesito! Búscame. Llévame contigo". Precisaba que la vida le concediese lo que se merecía. Y la vida le contestó.
–¿Eres tú? ¿Estás ahí? – Oyó una voz en la lejanía, tierna, reconocible pese a todo.
–¿Quién eres? –Se atrevió a preguntar, aún conociendo la respuesta.
–Soy yo, cariño. Te esperaba.
–¿Me esperabas? –contestó sorprendida.
–No podía irme sin ti. ¿Recuerdas? ”Siempre juntos” Me decías.
–Pero… ¿Dónde estás? ¿Dónde estoy? –Replicó con urgencia.
–A mi lado, cielo. No te preocupes. Solo tienes que abandonarte –Añadió cariñosamente.
–¿Cómo? No entiendo lo que ocurre.
–Llevo dos años aquí, sin moverme, ansiando el momento de tu llegada y el instante en el que partiremos juntos. Estás a mi lado en el cementerio porque así lo quisimos y llegó la hora–dijo casi en un susurro.
–¿Quieres decir que estoy muerta? ¿Enterrada? No es posible. No te creo. ¡Estoy viva! – E intentó moverse sin conseguirlo– ¡Ábreme, por favor!
–¡Siénteme! –Y un calor recorrió los dos cuerpos inertes.
–¡Oh, no puede ser! –Gemía desconsoladamente.
De repente, sintió que tiraban por ella con apremio. En un primer momento se resistió, pero luego una fuerza imperiosa la hacía sentirse  como si tuviese alas. Salió de la oscuridad y se encontró entre sus brazos.
No había nada que decirse. El amor los envolvió. Cogidos de la mano se pusieron en camino, no sin antes leer el epitafio de sus lápidas: “Aquí reposan un hombre y una mujer que pasaron por la vida iluminándola de pasión, de poesía y de amor...".

HOY, COMO CADA DÍA, LUCE EL SOL EN MI INTERIOR Y UNA SONRISA EN MI CARA




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