Era triste que queriéndose
tanto, no lo hicieran de la forma adecuada.
Habían crecido juntos,
puerta con puerta. Todas las mañanas cuando se asomaba entre las rejas, allí
estaba él, con su cara sonrosada, sus anchos hombros y aquella sonrisa que
iluminaba la aurora.
Sus ojos la examinaban
hasta lo más profundo de su ser, sin dejar escapar ni un solo centímetro de su
cuerpo y ni un escondrijo de su alma. Ella, con los párpados bien abiertos y
ávida de caricias, ladeaba los labios y le guiñaba un ojo.
–Niña, sal de la reja y entra
en casa– gritó su madre bastante alterada– Ya te hemos dicho que no queremos
verte hablar con él.
–Pero si no hablábamos, madre– contestó sumisa –No se ponga así usted, que no he hecho nada malo y
además no entiendo porqué lo reprueba.
–Es perverso y no consentiré que te haga daño –Sentenció
su madre y con ello quedaba zanjada toda la conversación.
Pasaron las años y la devoción crecía: miradas,
roces leves de sus dedos a través de la verja, el aroma de sus cuerpos en la
distancia, y notitas que volaban a través del muro. Intercambios de anhelos, sueños y palabras de amor que nunca pudieron susurrarse al oído.
Tanto se querían que un buen día decidieron
escaparse juntos. Él tenía 29 años. Ella
acaba de cumplir los 21, por fin era mayor de edad. Nadie iba a retenerla, no
dejaría que la controlaran más.
Una noche sin luna, entre sombras y malos
augurios, dejaron el pueblo atrás. Ni tan siquiera giraron la cabeza una vez.
Dos almas gemelas que corrían hacia la libertad.
La primera semana vagaron sin rumbo, sin
trabajo, sin comida y apareció la desesperación en la cara de él. A ella nada
le importaba. Era feliz. Cada noche se amaban y amanecían entrelazados.
Finalmente consiguieron un pequeño trabajo y
alquilaron una vieja y sucia habitación. Él trabajaba en la mina. Ella,
embarazada, no consiguió ningún empleo y empezaron los problemas.
Una madrugada, cuando se dirigía a trabajar él
no encontró sus pantalones. Furioso la levantó en vilo y le preguntó por ellos.
No pudo responder porque antes de que se diese cuenta un dolor traspasó su
abdomen. La había pateado entre insultos y golpes. Inmóvil pasaron las horas
hasta que se dio cuenta de lo que había sucedido, pero una sonrisa lució en su
cara. Su bebé le había dado su primer patada. Seguía vivo.
A partir de esa noche, era lo habitual.
Cualquier cosa era motivo suficiente para emprenderla a golpes. No tenía a
dónde ir y el miedo se había apoderado de ella.
Pero como todo lo que se espera llega… un día,
decidida a luchar por su hijo, emprendió la huida. Su caminar era lento y a
cada paso un dolor la atravesaba de abajo a arriba. Iba por senderos casi
escondidos para que no la localizaran, así que cuando comenzaron las
contracciones, nadie pudo ayudarla. Sola ,empujó y empujó hasta que su hijo
nació muerto. Ya nada le quedaba. Lo envolvió en el hatillo y continuó la
marcha mientras se desangraba.
Era de noche y ya no faltaba nada para llegar a
la casa de sus padres. El pueblo se desdibujaba a lo lejos. No sabía si sería
bien recibida, pero estaba tan débil que nada le importaba.
Notó un escalofrío en la nuca. Volvió la mirada
y allí estaba él, de pie, con aquella mirada perdida y los ojos anegados en
lágrimas. No podía oírlo, pero veía el movimiento de sus labios.
Corrió tanto como pudo. El la seguía sin prisa.
Cuando llegó a la puerta de su casa, estaba cerrada. Miró hacia detrás y el
empezó a acelerar el paso. Trepó por la verja y cuando se disponía a pasar al
otro lado, el hatillo quedó enganchado, se resbaló y cayó sobre los pinchos de
la reja.
El dolor la traspasó. Sin mediar palabras, observó a su hijo que yacía en el suelo, a su marido que la miraba con ternura, a su
madre que clamaba su nombre y cerró los ojos. Él gritaba “te quería”, sacó
la escopeta y se pegó un tiro en la boca.
Era triste que queriéndose
tanto, no lo hicieran de la forma adecuada.
HOY, COMO CADA DÍA, LUCE EL SOL EN MI INTERIOR Y UNA SONRISA EN MI CARA


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