Ya eran las
siete de la tarde de aquel aciago viernes y continuaba con aquella rara sensación de que le faltaba algo.
Introduce la mano en los bolsillos y nada. Acaricia el exterior de la chaqueta,
manosea el pañuelo anudado al cuello y agarra con fuerza el pequeño bolso de
mano. En ese preciso instante ve de reojo la esfera de su reloj y recuerda que
se le hace tarde para la entrevista de trabajo.
Empieza a
ponerse nerviosa y a mirar a ambos lados de la calle, pero no observa ningún taxi
por las proximidades. En su cabeza aún resuenan las palabras de su profesor de
estadística.
–Señorita González, me ha
decepcionado. Esperaba algo mejor elaborado. No parece que desee la beca que
otorga la facultad para el Master– dice mientras la mira altanero y con
esa sonrisa cínica que solo él sabe poner.
–Claro
que me interesa señor Plasencia. Siempre he sido una alumna ejemplar– contesta
a la defensiva.
–Si
a esto lo llama un buen resultado, creo que se ha equivocado de carrera. Está
suspendida –Y se gira sobre sus talones mientras deposita enérgicamente
el trabajo sobre su mesa.
Lo ojea detenidamente y
se sorprende cuando lee la nota a pie de página que la cita para esa misma
tarde, sobre las siete, para discutir la posible subida de la calificación. No
da crédito a lo que lee en letras mayúsculas subrayadas con rotulador rojo. Lo
mira directamente a los ojos y una leve sonrisa aflora en los labios del
profesor.
Airada busca un
bolígrafo en el fondo de su bolso y escribe un “No, gracias” bajo la última
línea escrita. Se levanta y sale enérgicamente del aula.
Ese era el motivo por el
que ahora se encontraba en mitad de una calle, con una entrevista de trabajo
pendiente y sin ningún medio de trasporte. Tenía que buscar la forma de ganar
dinero para seguir estudiando. Había tenido suerte, una amiga la había
recomendado al dueño de una prestigiosa firma de ropa femenina. El puesto era
de contable y con un sueldo insuficiente, pero ya buscaría la manera de salir
adelante.
El tiempo transcurría
rápido. El reloj marcaba las 19.10. Se estaba retrasando. Nada. No pasaba ningún
taxi. Decide ponerse a caminar en dirección a la tienda pero los tacones le
entorpecían la marcha.
Aquella tarde había
elegido su mejor conjunto. Pantalón y chaqueta azul marino de corte clásico
pero moderno, una camisa blanca, zapatos, bolso y complementos en tonos rojos y
dorados. Aparentaba mas edad de la que tenía pero de eso se trataba, de parecer
alguien respetuoso, formal y competente. Se había maquillado suavemente y
peinado con una coleta alta.
Ya eran las 19.30 horas
y divisaba al fondo de la calle el establecimiento. Un poco más y entraría con una de sus mejores sonrisas.
Avanzó los últimos pasos lo más rápido que pudo y la sorpresa fue tremenda
cuando encontró la puerta cerrada y un cartel que anunciaba el horario
habitual: de 10’00 a 19’00 horas. “Dios, no te pongas nerviosa,
piensa…piensa”. Introduce la mano en el bolso pero no encuentra el móvil.
Empieza a sacar todos los objetos, uno por uno, y nada. “Pero dónde demonios…?.
¡Oh, no! Me lo dejé en el aula de estadística. ¡Mierda!. Tendré que ir a
recogerlo luego”. Se decide finalmente a tocar y, tras unos breves segundos,
le abre la puerta una airada cara.
–¿Señorita González?
–Sí, buenas tardes. Disculpe
la… –Y es interrumpida por una agria respuesta.
–El establecimiento está
cerrado y usted con su impuntualidad ha perdido toda oportunidad de trabajar
para este prestigiosa firma. Lo sentimos mucho y que tenga una buena tarde. –Añade
la encargada mientras cierra la puerta delante de su cara.
¿Podría ocurrir algo aún
peor? Empezaba a dudarlo. Estaba claro que hoy hubiese sido mejor no
levantarse. Cabizbaja, derrotada y angustiada se dirige a la estación para
coger el metro rumbo a la facultad. Eran las ocho de la tarde y esperaba no
encontrarse con su profesor. Ya sería el remate de aquel nefasto día.
Ya en la Universidad
atravesó rápidamente el largo pasillo que separaba la entrada principal del
aula de estadística, no sin antes saludar al guardia de seguridad y explicarle
el motivo de su entrada. Con un poco de
suerte el móvil estaría aún allí. La puerta no estaba cerrada, así que la
empujó levemente, mirando hacia ambos lados, pero no había nadie a su
alrededor. Enseguida lo divisó. Se acercó hasta él y lo desbloqueó para ver si
tenía llamadas perdidas y leer los mensajes. En ese preciso instante, una mano
la rodeo por la cintura y otra le tapó la boca. No podía verlo.
–Ha venido señorita González–
susurra una voz en su oído.
Percibió su acelerada
respiración y le reconoció casi al instante. Intentó girarse para verle la cara
pero él se lo impidió.
–Solo quiero lo mío y si se
porta bien, le quitaré la mano de la boca, pero no se le ocurra gritar o le
diré a todos que la he pillado robando –Añade mientras la gira de tal
manera que ahora quedan uno en frente del otro.
Fue un movimiento muy rápido e
imperceptible. Apretó la tecla lateral mientras el profesor la hacía rotar. Él
no se había dado cuenta. Estaba mas preocupado comiéndosela con la mirada. Fue
aflojando su mano de los labios femeninos hasta comprobar que ella no chillaba.
–¡Así me gusta zorrita! No te
imaginas la de veces que he soñado con este momento – dice mientras con una
mano le manosea la espalda e introduce la otra bajo su blusa.
Ella permanecía inmóvil
e indiferente, provocándolo con la mirada, humedeciendo su boca y retándolo
con su cuerpo. Él percibía el aroma femenino y embriagado por la creciente
pasión, jadeaba mientras la besaba y mordía sus labios tan frenéticamente que
le hacía daño. Emitió un pequeño grito
de dolor y él apretó la presión de su mano en uno de sus senos. El dolor
comenzaba a volverse insoportable, pero aún así esperaba.
–¡Te gusta, puta! Todas sois iguales. Vas a recibir lo que
tanto deseas –Y comienza a bajarle la cremallera de la falda.
–¿Va
a aprobarme el examen, profesor? Eso decía la nota que me dejó escrita en el
margen –Interroga melosamente, mientras le acaricia la
nuca.
–¡Oh, si… si! ¡Bésame! –Ordena
con los ojos llenos de lujuria e introduce una mano entre sus braguitas.
Se sentía tan asqueada que no
pudo continuar con el juego. Ya era suficiente. De un empujón se lo quitó de
encima. Cayó al suelo y en su cara se reflejaba el estupor.
–¡Se acabó!¡Lo tengo todo
grabado en el móvil!. Este será su final –Sentenció mirándolo
firmemente a los ojos
Sin mediar palabra se levantó
y se abalanzó sobre ella. El teléfono rodó por el suelo. Forcejearon durante
unos segundos y cuando le retorcía con fiereza uno de sus brazos detrás de la
espalda, apareció el vigilante de seguridad.
–¿Qué ocurre aquí? –pregunta
anonadado por lo que estaban viendo sus ojos. En dos zancadas se acerca hasta
los dos cuerpos que rodaban por el suelo e intenta separar al profesor, pero
este se resistía y con la mano libre saca una navaja de su chaqueta,
acercándola hasta la cara de la joven.
–Profesor, suelte el arma o me
veré obligado a …–No pudo acabar la frase porque un dolor agudo atravesó
su muslo derecho. Bajó la mirada y se topó con aquellos fríos ojos que le
clavaban el puñal. Se le cayó el arma al suelo y se desplomó.
De repente escuchó un sonido
sordo y vio como un segundo cuerpo caía al suelo. Era el profesor de
estadística. Miró en la dirección del ruido y vio a la joven secretaria
empuñando una pistola.
– No podía permitir que
arruinara la vida de otra persona –Aclaró con todo el rencor acumulado en
aquellos dolorosos años.


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