Sentada en la estación ,con la mochila a
la espalda, apenas aparentaba tener más de veinte años. Sus hombros caídos
denotaban la tristeza de aquella última página sin escribir. “Te llevaste mi
último capítulo” repetía su incesante corazón a cada pálpito, a cada latido de
aquel camino sin salida.
Con los ojos fijos en el anden rememoraba
sus manos sobre su piel caliente, sus labios húmedos recorriendo cada uno de
sus escondrijos hasta saciarla, aquellos ojos repletos de pasión libidinosa que
la adoraban con lujuria en el frenético vaivén de subidas y bajadas. Solos; él
y ella como cometas del cielo de aquella habitación de hotel, buscando caricias
entre ropas y aliento.
–Quizás nunca supe quererte–dice cabizbajo.
–¿Pero lo haces ahora? –pregunta melancólica.
–Quería que me quisieras. Tenías las llaves de mi
corazón y me condenaste.
–Tu pusiste sentencia a mi adicción.
–¿No te quedan momentos? –Añade ansioso.
–Sí, todos y ninguno. –Logra decir mientras
comienza a brotar una primera lágrima.
–Estás hecha para mi y yo para ti.¡ No me
abandones! –Suplica mientras lentamente roza sus mejillas con el pulgar.
–Pudimos tenerlo todo. ¿Sabes lo que eso significa?
Sonrisas guardadas, besos al alba, madrugadas de deseo… –Solloza con amargura.
–Si tú no estás, mi vida no tiene sentido. ¡Estoy
herido!¡ Me estás clavando este final! –grita mientras espera la reacción que
no llega.
–No me encuentro. ¿Lo entiendes? No puedo saberte
al lado y no sentirte, llamarte y no creerte. No puedo borrar tu cuerpo sobre
el de ella, vuestros gemidos acompasados, el susurro de su nombre…
–¡No me dejes solo, por favor!. Comparte mis días,
quédate con mis noches, amanece en mi, perdóname. –Suplica mirándola
tiernamente.
–Quería tu sonrisa solo para mi y ahora sin ti, no
puedo ser. Siento irme así, con un hasta nunca–dice mientras gira para
recoger su bolso.
No tuvo tiempo de mirar atrás. Sola, sin su mañana,
sin su luna, sin su sol, bajó corriendo por las escaleras y se dirigió a la
estación de tren. Sentía como se iba rompiendo a pedazos.
Ahora, sentada en el anden, sabía que quería
escapar de aquel eterno anochecer. Nada era suyo y pese a todo, añoraba estar a
su lado bajo las sábanas, recorrer su cuerpo, sus piernas entre las suyas, su
risa de niño bueno. ¡Mierda!
Un mensaje la trae de regreso a la estación:
“espérame que esta noche te bajo la luna”. Sonríe y un soplo de aire fresco
golpea su cara. Se acerca el tren. Sabe que su corazón es mas suyo que de ella.
Hoy es uno de esos días para no decir nada y dejar que la abracen pero jamás
volvería a querer a nadie. Su corazón ya había pagado su impuesto. Coge el
móvil y escribe: “te echaré de menos”. Tendría que inventarse otro idioma, otra palabra, algún grito, decir te amo
no basta.
El teléfono cae al
suelo. Un joven, que pasaba con mucha prisa, le da una patada.” ¡No, ahora no!”
Se lanza a recogerlo y es empujada hacia los raíles. No puede controlar el
desplome y ¡zas!...Allí estaba, tumbada mirando el cielo de sus ojos.
HOY, COMO CADA DÍA, LUCE EL SOL EN MI INTERIOR Y UNA SONRISA EN MI CARA


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