Jueves de Semana Santa. A esas horas de
la madrugada la población estaba dividida en los que dormían, los que estaban
de marcha y yo.
Noche oscura, húmeda y silenciosa… noche triste,
sin luna. Parada en aquel semáforo en rojo recordaba lo ocurrido hacía unos
instantes. Lo sé, va a sonar a topicazo, pero es que fue así, una mirada al
frente y nada en la carretera salvo las rayas del suelo y una señal de
velocidad. ”¡Vaya oscuridad! ¿Esto no se va a poner en verde?” Introduzco la
mano en el bolso y saco mi móvil. Nada. Ningún mensaje. “Déjame ver el Twitter
quizás haya algo interesante…” Justo en ese preciso instante mis ojos se
dirigieron fugaces al paso de cebra y allí estaba él, mirándome descaradamente.
Mi primera reacción fue obviar su
presencia pero era imposible. Acababa de salir del cine y la película, un
thriller policiaco, pasaba en imágenes rápidas por mi cabeza: ambiente marginal,
cuerpo antivicio corrupto, putas, yonquis y ajustes de cuentas.
“¿Por qué no cruza?” Empiezo a moverme
inquieta en el asiento.” Si es que mi novio siempre lleva razón, debería haberle
hecho caso”.
–Nena, quédate a dormir conmigo esta noche– susurra
meloso mientras introduce su mano bajo mi camiseta y agarra uno de mis senos.
–Cariño, sabes que no puedo… mañana trabajo y tengo que
madrugar– le ronroneo al oído, mientras
aparto su mano.
–¡Es muy tarde! –Insiste y ahora pasa un dedo por mis labios
en un intento de aflojar barreras.
–No puedo, cielo, no hagas que me sienta culpable. Quizás
mañana ¿Te parece? –contesto y le estampo un beso de película para dejar
cerrado el capítulo.
–Siempre te sales con la tuya. ¿Sabes por qué?
Porque te quiero. Llámame desde que llegues a casa. No te olvides por favor, me
pone nervioso pensar que te puedas quedar dormida en el trayecto.
–Que sí, tranquilo, lo haré– le digo mimosa
mientras se baja del coche y me guiña uno de esos impresionantes ojazos que
adoro.
Ahora son otros los que me observan cautelosos.
Continúa en el borde de la acera. Empieza a parpadear la luz del semáforo. “Cruza,
cruza de una vez”, repito mentalmente y parece que me oye. Se dirige hacia mi,
caminando lentamente, sin pestañear. Su musculado cuerpo parece inerte, sus
facciones no delatan el siguiente paso. Tengo tanto miedo que cierro los
ojos. Mi mano parece reaccionar sola,
pone la primera marcha y mis pies le responden embragando y acelerando. Oigo un
rechinar de ruedas y el coche sale como disparado. Un golpe seco me regresa a la realidad. Abro
los ojos y miro por el espejo retrovisor. ”¡Oh, Dios mío!” Yacía inmóvil en el
asfalto y en cuestión de segundos, siento el mortal golpe. Ahora era mi cuerpo
el que se desplazaba involuntariamente de un lado al otro, notaba cierta
humedad en mi boca y una voz en la lejanía:
–¡Cielo, despierta ya! Llevas más de media película
dormida y acaba de terminar. Menudos ronquidos que pegabas… si es que hasta te
has babado– me dice muerto de risa mientras me acerca un pañuelo.
–Gracias– respondo aturdida.
–Deberías quedarte a dormir conmigo. –Sonríe
picaronamente.
–Sí– contesto rotunda.
No añadió nada más. Solo me miró tan tiernamente y
tan repleto de amor que aquella noche supe que era el hombre de mi vida.
HOY, COMO CADA DÍA, LUCE EL SOL EN MI INTERIOR Y UNA SONRISA EN MI CARA.


No hay comentarios:
Publicar un comentario